San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia Celestial. 29, septiembre.
- 28 sept 2017
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Celebra el 29 de septiembre la santa Iglesia una fiesta particular, no solo en reverencia del arcángel San Miguel, sino en honor de todos los santos ángeles, dirigiéndose la misa y el oficio a honrar con especial solemnidad a todos aquellos bienaventurados espíritus que tanto se interesan en nuestra salvación. Su santidad, su excelencia, los buenos oficios que hacen con todos los hombres, con todo el universo y muy en particular con la santa Iglesia, pedían de justicia este respetuoso reconocimiento; y aunque esta fiesta solo se intitula de San Miguel, es porque este bienaventurado espíritu fue siempre reconocido por general de toda la milicia celestial y particular protector de la Iglesia de Jesucristo, así como lo había sido de la Sinagoga [en el Antiguo Testamento].
Nos enseña la Iglesia que Dios dio principio a la creación del mundo criando ante todas las cosas celestiales inteligencias, como para formarse a sí mismo una numerosa corte, y tener ministros prontos para ejecutar sus órdenes. Creemos (dice el cuarto concilio Lateranense) firmemente que no hay más que un solo Dios verdadero; el cual al principio del tiempo sacó junto de la nada una y otra criatura, la espiritual y la corpórea, la angélica y la mundana; y que después formó como una naturaleza media entre las dos, que fue la naturaleza humana compuesta de cuerpo y alma (Denzinger 428). Es decir, que los ángeles son unas sustancias criadas, inteligentes y puramente espirituales, no destinadas a unirse con los cuerpos, de los cuales tienen una total independencia. Están dotados de dones más o menos perfectos, según sus diferentes grados de perfección y de excelencia. Habiendo determinado Dios desde toda la eternidad no dar al cielo ni a los ángeles ni a los hombres, sino a título de corona y de recompensa, creó a los espíritus celestiales con pleno conocimiento del bien y del mal, y con una perfecta libertad. Un crecido número de ellos, viéndose tan perfectos, y desvanecidos con su propia excelencia, en lugar de referir a su Criador todo lo bueno y excelente que tenían, se complacieron en sí mismos; y llenos de orgullo, negaron la obediencia a Dios, por lo que fueron precipitados en los abismos para ser infelices por toda la eternidad. Pero los otros santos ángeles perseveraron en el bien, siempre fieles a su Criador, humildes, rendidos y obedientes a sus órdenes, por lo que fueron confirmados en su gracia. Avecindados eternamente en la celestial Jerusalén, están siempre delante del mismo Dios, le ven, le adoran, le bendicen, y no cesan de amarle con un amor perfecto y abrasado. Ellos son los ministros de Dios prontos siempre a obedecerles, y de ellos se sirve Dios para ejecutar sus órdenes respecto a todas las criaturas, pero sobre todo a los hombres. Los ángeles son los que presentan al Señor nuestras oraciones, y de ellos se vale el Señor, ya para comunicar a los hombres su voluntad, ya para obrar en su favor grandes maravillas en ocasiones extraordinarias, habiéndoles destinado Dios para guardas y protectores de toda la Iglesia y de cada fiel en particular. El ángel del Señor (dice el profeta) rodeará siempre a los justos, y los pondrá a cubierto de todo peligro (Salmo 33).
Miguel significa ¿Quién como Dios?
Pero mucho antes del profeta Daniel era ya San Miguel conocido de los hombres, como los vemos en la epístola de San Judas con motivo de la victoria que consiguió del demonio. Muerto Moisés, aquel insigne obrador de tantas maravillas, conoció muy bien el demonio que el pueblo de Israel, tan propenso naturalmente a la idolatría, acordándose de tantos prodigios como le había visto obrar, no dejaría de tribular cultos divinos a su cuerpo, forjándose de él un ídolo; y con este depravado fin pretendía mover los israelitas a que le erigiesen un magnífico mausoleo. Pero lo estorbó San Miguel como protector del mismo pueblo, y dispuso las cosas de manera, que los israelitas nunca llegaron a descubrir el cuerpo de Moisés.
En el Apocalipsis de San Juan se hace mención de otro combate entre San Miguel y los ángeles rebeldes. Se dio en el cielo (dice) una gran batalla; Miguel y sus ángeles combatían contra el dragón, esto es, contra Lucifer: el dragón con los suyos peleaba contra él; pero estos quedaron vencidos, y desde entonces no han vuelto a aparecer en el cielo. Este gran dragón, esta antigua serpiente, que se llama diablo y Satanás, que engaña a todo el mundo fue precipitado en los infiernos con todos sus ángeles. (Leer La Oración a San Miguel del Papa León XIII – una profecía sobre la futura apostasía de Roma). Muchos creen que también fue San Miguel aquel Ángel que se apareció a Josué después que pasó el Jordán, representándosele en figura de un héroe armado, y ofreciéndose a ayudarle a la conquista y sujeción de los cananeos. ¿Eres de los nuestros, o de los enemigos?, le preguntó Josué. No(le respondió el Ángel), yo soy el príncipe de los ejércitos del Señor. También quieren algunos que fuesen el arcángel San Miguel aquel Ángel que se le apareció a Gedeon para moverle a que libertase al pueblo de Israel de la servidumbre de los madianitas. Ni son pocos los que opinan que este bienaventurado espíritu fue el que representó a la majestad de Dios, así en la zarza ardiendo, como en el monte Sinaí. Lo que no admite duda es, que San Miguel ha sido siempre venerado como especial protector de la santa Iglesia; atento a que, después de la ascensión de Cristo a los cielos, no tenemos aparición alguna auténtica de San Gabriel ni de San Rafael, siendo así que tenemos muchas y en muchas partes del glorioso San Miguel, que se ha aparecido a los fieles en muestra de su particular protección a la Iglesia universal. Depranio Floro, poeta cristiano, habla de una aparición de San Miguel en Roma. La del monte Gárgano, provincia de la Pulla, en tiempo del Papa Gelasio I, por los años de 493, es la más célebre; y la Iglesia quiso consagrar su memoria por una fiesta particular en el día 8 de mayo: Bonifacio III erigió en Roma una iglesia en honor de San Miguel sobre la eminencia de la mole o del sepulcro de Adriano, que por esta razón se llama Monte, y hoy el castillo de Santo Ángel. También es San Miguel protector de la Francia en particular. Hay en aquel reino un famoso monasterio llamado Monte San Miguel, erigido en medio del mar sobre un islote o peñón, en consecuencia de otra semejante aparición que hizo San Miguel a San Auberto, obispo de Avranches, el año de 709. Para reconocer y para merecer más y más esta antigua protección, el año de 1496 instituyó Luis II en Amboisa la orden militar de San Miguel, cuyo gran maestre es el mismo rey; y ordenó que los caballeros trajesen siempre pendiente del cuello un collar de oro compuesto de conchitas enlazadas unas con otras, y pendiendo de él una medalla del arcángel San Miguel, antiguo protector del reino de Francia.
Pero lo que debe avivar y encender más la devoción de los fieles con el glorioso San Miguel es el estar destinado para conducir las almas y presentarlas al terrible tribunal de Dios para ser juzgadas al salir de esta vida. Nada nos interesa más que el lograr por especial protector con el soberano Juez al que se puede llamar su primer ministro; al que tiene a su cargo presentarnos al Señor en aquel momento decisivo de nuestra eterna suerte, y aquel en cuyas manos, por decirlo así, rendimos el alma con el último suspiro. Este es, dice la Iglesia en el oficio del día, este es el arcángel San Miguel: Princeps militiate angelorum, príncipe de la milicia de los ángeles. Los honores que se le tributan merecen mil bendiciones a los pueblos, y su intercesión nos conduce al reino de los cielos: Cujus honor p
raestat beneficia poipulorum, et oratio perducit ad regna caelorum. A San Miguel (añade la misma Iglesia) encargó Dios las almas de sus escogidos para que los condujese a la estancia de los bienaventurados: Cui tradidit Deus animás sanctorum, ut perducat eas in regna caelorum. En aquel tiempo de prueba y de calamidad, dijo el Ángel que anunció a Daniel lo que había de suceder en los siglos futuros, Miguel, protector de tu pueblo y de todos los fieles, se dejará ver para defenderlos contra el enemigo de la salvación. In tempore illo consurget Michael, qui stat pro filiis vestris. Vino el arcángel Miguel (dice la Sagrada Escritura) en socorro del pueblo de Dios, y nunca deja de ayudar y proteger a los justos: Michael archangelus venit in adjutorium populo Dei; stetit auxilium pro animabus justis. No es, pues, de admirar si en todo tiempo se ha profesado una especial veneración y devoción en la Iglesia al arcángel San Miguel.
En el siglo IV, o por lo menos a principios del siglo V, había a dos leguas de Constantinopla una célebre y magnifica iglesia, llamada Michalion, o el templo de San Miguel, porque obraba Dios en ella milagrosas curaciones por intercesión de San Miguel. Habla de ella Sozomeno como quien experimentó en sí mismo los maravillosos efectos de su poder para con Dios. Si los ángeles son nuestros intercesores (dice San Ambrosio), si son nuestros defensores y nuestros abogados, debemos honrarlos, invocarlos, y dirigirles nuestras oraciones para que no nos nieguen su protección: Sed et illi, si custodiunt, vestris custodiunt orationibus advocati. En el canon de la misa y en las liturgias se hace mención de los santos ángeles; y las Letanías, que son como un resumen de las oraciones públicas, comienzan por los ángeles después de la Santísima Virgen. Así, pues, (dice un Doctor del siglo XVII), es verdad en cierto sentido que de la misma manera que se celebra la fiesta general de la Santísima Trinidad, del Santísimo Sacramento, y de todos los Santos antes que se instituyesen fiestas particulares, del mismo modo se celebraba la fiesta general de todos los ángeles en las liturgias y en las Iglesias antes que se fijase un día particular para su solemnidad.
Y como esta fiesta se instituyó con motivo de las apariciones de San Miguel, particularmente la del monte Gárgano, donde se encontró una especie de bóveda en figura de iglesia abierta en una roca, y el mismo San Miguel dio a entender que sería de su agrado que se le dedicase, por eso conservó siempre el título de Dedicación la fiesta que hoy se instituyó con ocasión de estas apariciones y de estos templos en honra de San Miguel.
























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